Categoría: Confianza

El HAMBRE DEL ALMA QUE EL DINERO JAMÁS PRODRÁ LLENAR

Todos tenemos un vacío interior que ni el éxito, ni el dinero, ni los logros pueden satisfacer. Este mensaje revela cómo Jesucristo se presenta como el único Pan de Vida que puede llenar el hambre profunda del corazón humano.

JUAN 6:25–40 » Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo llegaste acá? 26Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. 27Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a este señaló Dios el Padre. 28Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? 29Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. 30Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces? 31Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer. 32Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. 34Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. 35Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. 36Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis. 37Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. 38Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. 39Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. 40Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

Hay momentos en los que la multitud sigue a Jesús, pero no porque lo aman, sino porque necesitan algo de Él. La gente busca a Jesucristo después del milagro de los panes. Lo buscan con urgencia, lo persiguen, lo cruzan al otro lado del mar.

Y cuando lo encuentran le dicen: “Rabí, ¿cuándo llegaste acá?” Pero Jesús, con una palabra que atraviesa el alma, les responde algo estremecedor: “Me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.”

¡Escucha esto con atención! Muchos quieren a Jesús solo por el milagro, solo por la provisión, solo por el favor.

Pero Jesús no vino solo a darte pan… ¡Jesús vino a SER el pan! Porque hay personas que quieren lo que Dios puede dar, pero no quieren entregarse al Dios que lo da.

Quieren la bendición, pero no la rendición. Quieren el milagro, pero no el Señorío. Quieren el pan, pero no quieren al Pan de Vida.

Y entonces Jesús lanza un llamado radical: “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece.”

¡Oh, iglesia! Vivimos en un mundo que trabaja obsesivamente por lo que se pudre, se acaba y se queda aquí. Dinero que se queda. Casas que se quedan. Títulos que se quedan. Cuerpos que envejecen.

Pero hay una comida que alimenta el alma para la eternidad.

Y entonces Jesús declara una de las afirmaciones más osadas de toda la Escritura: “Yo soy el pan de vida.”

No dijo: “Yo traigo pan.” No dijo: “Yo reparto pan.” Dijo: “YO SOY el pan.”

El que viene a mí no tendrá hambre. El que cree en mí no tendrá sed jamás.

¡Escucha esto! El vacío que muchos intentan llenar con dinero, placer, reconocimiento o poder, solo puede llenarse con Cristo. Porque el alma humana fue diseñada para Dios.

Por eso puedes tener éxito y aún sentir vacío. Puedes tener fama y aún sentir hambre. Puedes tener abundancia y aún sentir sed.

Pero cuando el alma se encuentra con Jesucristo, algo eterno comienza a arder dentro de ti.

Entonces Jesús dice algo que trae esperanza para todo corazón cansado: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.”

¡Escucha esa promesa! Dice: “AL QUE VIENE A MÍ.” Si vienes roto…Él te recibe. Si vienes cansado… Él te recibe. Si vienes cargado de pecado… Él te recibe.

¡Jesús no rechaza a los que vienen!

Y luego declara el corazón mismo del plan de Dios: “Esta es la voluntad del que me envió: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna.”

No solo vida después de la muerte. Vida eterna que empieza ahora. Vida con propósito. Vida con fuego espiritual. Vida con la presencia de Dios.

Y Jesús termina con una promesa gloriosa: “Y yo le resucitaré en el día final.”

Esto significa que la muerte no tiene la última palabra. La enfermedad no tiene la última palabra. El fracaso no tiene la última palabra. ¡Cristo tiene la última palabra! Porque el que come de este pan…vivirá para siempre.

Entrégate a Cristo. Y descubrirás que el alma que come de este pan, nunca más vuelve a tener hambre.

Si tu has probado de todo y sientes que necesitas llenar vacío en tu interior, haz esta oración conmigo: Señor Jesús, hoy reconozco que te necesito. Perdona mis pecados y limpia mi corazón. Hoy me arrepiento y me vuelvo a Ti. Creo que moriste por mí y que resucitaste para darme vida eterna. Hoy te recibo como mi Señor y mi Salvador. Escribe mi nombre en el libro de la vida, llena mi corazón con tu Espíritu Santo y ayúdame a vivir para Ti todos los días. Amén

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¡A TI TE DIGO… LEVÁNTATE!

En Lucas 7: 11-17, Jesús llega a la ciudad de Naín justo en el momento en que una madre destrozada llevaba a su único hijo rumbo al cementerio. La multitud caminaba hacia la muerte… ¡pero Jesús venía caminando hacia la vida!

La Biblia dice: “Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: No llores.”

Jesús no ignoró su dolor. No la dejó sola. No dio explicaciones. Le habló directamente al corazón: “No llores.” Porque cuando Cristo llega, las lágrimas se vuelven puertas para milagros.

Jesús no solo consoló, Él tocó el féretro. Y cuando Jesús toca lo que está muerto, la muerte pierde autoridad. El enemigo pensó que ya todo estaba terminado y que era el final. Pero el cielo tenía otro capítulo.

Entonces Jesús pronunció una palabra que atraviesa el tiempo, la tumba y la historia: “¡Joven, a ti te digo… levántate!” Y el muerto se incorporó, volvió a hablar y regresó a su lugar.

Hoy esa misma voz te llama a tí. La voz que resucita sueños. La voz que rompe diagnósticos. La voz que revive lo que parecía enterrado.

Jesús te dice hoy: “A ti te digo: levántate. Levántate en tu fe. Levántate en tu propósito. Levántate en tu casa. Levántate en tu ministerio. Levántate en tu salud. Levántate en tu asignación.”

Porque donde otros ven un funeral, Cristo ve un futuro. Donde tú viste derrota, Cristo ve testimonio. Donde parecía terminar la historia, Cristo la rescribe con gloria.

Y así como toda la multitud glorificó a Dios en Naín, la gente verá lo que Dios hace contigo. Será público, será visible, será sobrenatural.

Jesús sigue diciendo hoy: “No llores… porque voy a levantar lo que pensaste que habías perdido.”

Oremos:  Señor Jesús, hoy me presento delante de Ti y creo que tu voz tiene poder para levantar todo lo que parecía muerto en mi vida. Toca mi cuerpo, mi fe y mi propósito. Declaro que donde hubo lágrimas, ahora hay vida; donde hubo silencio, ahora hay voz; y donde hubo final, hoy hay resurrección. En tu nombre poderoso, Amén.

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CUANDO PASAS POR EL VALLE LA GLORIA TE SIGUE

Podrás estar pasando por un tiempo de prueba, pero recuerda que Dios está contigo y al final saldrás en victoria.

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CUANDO CRISTO REINA EN MEDIO DEL CAOS

En esta hora quiero que meditemos en una escena que revela no solo el poder de nuestro Señor Jesucristo, sino también la condición del corazón humano frente a la tormenta.

MATEO 8: 23-27 “ Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron. 24Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. 25Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! 26Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza. 27Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen?

Nos dice esta Palabra que Jesús subió a una barca… y sus discípulos le siguieron. Ellos no estaban fuera de la voluntad de Dios. Estaban siguiendo a Cristo, y aún así… la tormenta los alcanzó.

¡Cuántos creen que seguir a Jesús es garantía de ausencia de tormentas! Pero la Palabra nos enseña otra cosa. A veces es precisamente cuando seguimos a Cristo que los vientos se levantan, que las olas golpean con furia, que la oscuridad nos envuelve. Porque es en medio de la tormenta donde la fe se revela y el poder de Cristo se manifiesta.

La Escritura dice que “las olas cubrían la barca… pero Él dormía”. Cristo dormía. No porque no le importara. No porque no viera. Dormía, porque sabía quién era. Dormía, porque el Padre estaba con Él. Dormía, porque no hay tormenta que pueda hundir al que camina en la voluntad del Cielo.

Y vinieron los discípulos con temor, con ansiedad, con desesperación… como muchos hoy. Gritando: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” — ¡Qué clamor tan humano! ¡Qué súplica tan sincera! Pero escuche la respuesta del Maestro: “¿Por qué teméis, hombres de poca fe?”

¡Oh, cuánto nos revela esta pregunta! El problema no era la tormenta. El problema era la fe. Porque la fe no depende de lo que vemos. La fe no se construye en la calma. La fe se fortalece cuando todo parece perdido y aún así confiamos en Él.

Entonces, Jesús se levanta, Y reprende a los vientos y al mar. Y dice la Palabra que se hizo grande bonanza. No solo se calmó el viento. ¡Se hizo bonanza! Paz. Silencio. Calma sobrenatural. Y todos se maravillaron y dijeron:

“¿Qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen?”

!Escúchame bien! Este no es un hombre cualquiera. Este no es un profeta más. Este es el Hijo del Dios Altísimo, el Verbo hecho carne, el Señor sobre la tormenta, el que tiene poder en su voz, el que habla y la creación obedece, el que reina sobre el caos y trae orden donde todo era confusión.

Hoy vengo a decirte, no temas la tormenta. Si Cristo está en tu barca, aunque parezca que duerme, no está ausente. Él reina. Él ve. Él actúa. Y en el momento preciso, Él se levantará y reprenderá el viento, y traerá paz a tu alma.

Confía. No porque veas la calma, sino porque Él está contigo.
• Si tú huyes de la tormenta, nunca verás su poder.
• Pero si tú permaneces con Cristo, verás su autoridad desatarse como nunca antes.
• La tormenta puede romper tu lógica…
• Pero también puede revelarte la dimensión del Reino que no conocías.

¡Levántate, hoy gente de Dios! No temas al viento. No mires las olas. Mira al Cristo que gobierna sobre todo. Porque si Él está en tu barca, no importa cuán grande sea la tormenta, su presencia es garantía de victoria.

OREMOS: Señor Jesús, hoy despierto mi fe en Ti. Aunque los vientos rugen y las olas golpean, sé que Tú estás en mi barca. Reprende toda tormenta que se ha levantado contra mi vida. Declaro que Tú gobiernas sobre el caos, y que una gran bonanza viene en Tu nombre. ¡No temeré, porque Tú eres el Dios que calma el mar y sostiene mi destino!

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