Categoría: Fidelidad

¡NO TEMAS! ¡EL DIOS QUE TE TOMA DE LA MANO YA HA DECRETADO TU VICTORIA!

Amados, hoy no vengo a darte un mensaje de motivación humana. Vengo a proclamar una palabra que sale del trono de Dios, una palabra que rompe cadenas, destruye el temor y levanta a los caídos. El Espíritu Santo está diciendo a alguien que escucha este mensaje: «¡No temas!»

Vivimos en una generación dominada por el miedo. Miedo al futuro, miedo a la enfermedad, miedo a perder el trabajo, miedo al fracaso, miedo a la muerte. El enemigo sabe que un creyente lleno de temor es un creyente paralizado, porque el temor roba la fe, y sin fe es imposible agradar a Dios.

Pero escucha lo que dice el Señor en Isaías 41:10: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.»

¡Qué declaración tan extraordinaria! Dios no comienza hablándote del problema; comienza hablándote de Su presencia. Porque cuando Dios está presente, el problema deja de ser el protagonista. La presencia de Dios cambia toda la perspectiva.

Moisés no venció porque tuviera un ejército poderoso; venció porque Dios estaba con él. David no derrotó a Goliat por su fuerza; lo derrotó porque el Señor peleaba por él. Daniel no sobrevivió al foso de los leones porque los leones estuvieran dormidos; sobrevivió porque Dios cerró sus bocas.

La diferencia nunca ha sido el tamaño del gigante; la diferencia siempre ha sido la grandeza de Dios.

Quizá hoy enfrentas un gigante llamado enfermedad. Tal vez tu gigante se llama depresión, crisis familiar, escasez económica, puertas cerradas o una batalla espiritual que parece interminable. Pero Dios te dice: «No temas.»

¿Por qué no debemos temer?

Porque Él está contigo.

No dice: «Estaré contigo cuando todo mejore.»

No dice: «Te acompañaré cuando seas perfecto.»

Dice: «Yo estoy contigo.»

Su presencia no depende de tus circunstancias; depende de Su fidelidad. Él prometió estar contigo todos los días hasta el fin del mundo.

Luego el Señor añade:

«No desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo.»

¡Qué palabra tan poderosa!

Cuando tus fuerzas terminan, las fuerzas de Dios apenas comienzan.

Cuando dices: «Ya no puedo más», Dios responde: «Ahora déjame mostrarte lo que Yo puedo hacer.»

Nuestro Dios es especialista en levantar a los que ya no pueden caminar.

Él fortalece al cansado.

Levanta al abatido.

Restaura al quebrantado.

Sana al herido.

Y enciende nuevamente el fuego en aquel que pensaba rendirse.

Pero el Señor no termina ahí.

Dice:

«Siempre te ayudaré.»

¡Siempre!

No algunas veces.

No cuando todo marche bien.

No solamente en los días felices.

Siempre.

Cuando lloras… Él ayuda.

Cuando no entiendes… Él ayuda.

Cuando todos te abandonan… Él ayuda.

Cuando las puertas se cierran… Él ayuda.

Cuando nadie cree en ti… Él ayuda.

Porque Él es el Dios del «siempre».

Y continúa diciendo:

«Siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.»

La diestra representa poder, autoridad y victoria.

Eso significa que no es tu capacidad la que te sostiene; es el poder de Dios.

No es tu inteligencia.

No es tu experiencia.

No son tus contactos.

No es tu dinero.

Es la mano del Dios Todopoderoso sosteniendo tu vida.

Y cuando llegamos al versículo 13, encontramos una de las escenas más conmovedoras de toda la Escritura.

Dios dice:

«Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo.»

¡Imagínalo!

El Creador del universo…

El Dios que puso las estrellas en su lugar…

El Rey de reyes…

¡Tomándote de la mano!

No eres un número.

No eres un olvidado.

No eres un accidente.

Eres un hijo amado del Padre celestial.

Y el Padre no suelta la mano de Sus hijos.

Quizá tú has soltado la mano de Dios alguna vez…

Pero Dios nunca ha soltado la tuya.

Mientras tú llorabas, Él te sostenía.

Mientras pensabas que caminabas solo, Él iba cargándote.

Mientras creías que todo había terminado, Él estaba preparando un nuevo comienzo.

Por eso hoy quiero hablarle a todo espíritu de temor que ha querido dominar tu vida.

En el poderoso nombre de Jesucristo, reprendo el miedo, la ansiedad, la desesperanza y toda mentira del enemigo.

Declaro que las cadenas se rompen.

Declaro que la paz de Cristo inunda tu corazón.

Declaro que la fe se levanta como un río impetuoso.

Declaro que recuperarás el gozo, la esperanza y la confianza en Dios.

Porque el mismo Dios que abrió el Mar Rojo…

El mismo Dios que derribó los muros de Jericó…

El mismo Dios que cerró la boca de los leones…

El mismo Dios que levantó a Lázaro de la tumba…

Y el mismo Dios que resucitó gloriosamente a Jesucristo al tercer día…

¡Es el Dios que hoy sostiene tu mano!

Así que deja de mirar el tamaño de tu batalla y comienza a contemplar la grandeza de tu Dios.

Levántate.

Sacude el polvo del desánimo.

Camina con autoridad.

Ora con valentía.

Adora con libertad.

Y avanza con la certeza de que si Dios va contigo, nadie podrá detener el propósito que Él ha diseñado para tu vida.

Porque cuando Dios sostiene tu mano, el temor retrocede, el enemigo huye, los cielos se abren y la victoria deja de ser una esperanza para convertirse en una realidad.

¡No temas! ¡El Dios Todopoderoso está contigo, pelea por ti, sostiene tu mano y jamás te abandonará!

¡A Él sea toda la gloria, toda la honra y todo el poder por los siglos de los siglos! ¡Amén y amén!

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DIOS NO SE RINDE CONTIGO

LUCAS 15: 1-7 «Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, 2y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come.3Entonces él les refirió esta parábola, diciendo: 4¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? 5Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; 6y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. 7Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento»

La Escritura dice que los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle. Mientras la religión murmuraba, la gracia se manifestaba. Porque la religión juzga, pero Jesús restaura.

Y Él dijo: “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una, no deja las noventa y nueve y va tras la que se perdió, hasta encontrarla.

Escucha esto: Dios no se rinde contigo. No importa cuán lejos te hayas ido, no importa cuán profunda haya sido la noche, tú sigues siendo valioso para el Pastor.

El Pastor sale al desierto: al lugar del error, al lugar de la culpa, al lugar donde nadie más quiso entrar contigo. Pero Jesús sí entra.

Y cuando la encuentra, no la reprende, no la avergüenza, la carga sobre Sus hombros. Eso es gracia. Eso es redención. Eso es amor.

Y el cielo se llena de gozo, porque hay más fiesta por uno que se arrepiente que por noventa y nueve que se creen justos.

Hoy el Espíritu Santo te llama: Vuelve a casa. Vuelve al primer amor. Vuelve al fuego, porque no estás perdido para Dios. El Pastor te está buscando y cuando él busca, siempre encuentra.

Oremos: Padre celestial, vengo rendido ante Ti. Gracias porque me buscaste, me levantaste y me cargaste con amor. Enciende mi corazón, restaura mi alma y hazme vivir para Tu gloria. En el nombre de Jesús, amén.

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«¡QUIERO! ¡SÉ LIMPIO!» — EL TOQUE QUE CAMBIA TODO

MATEO 8: 1-4 «Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente. 2Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. 3Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció. 4Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos.»

¡Gloria al Dios viviente, al Rey de reyes, al que tiene poder para sanar, salvar y liberar!
Hoy quiero declarar con el fuego del Espíritu Santo, con la llama ardiente de Aquel que descendió del monte con autoridad divina —¡Jesucristo, el Hijo del Dios viviente!

«Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente…»

¡Oh sí! Multitudes le seguían… pero sólo uno se atrevió a acercarse de verdad. ¡Uno solo! Un leproso. Un marginado. Uno que la sociedad había rechazado. Uno que no tenía derecho a estar cerca. Pero la fe lo empujó más allá del miedo, más allá del juicio, más allá del «qué dirán».

¡Y vino! ¡Se postró! Y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.»

¡Ah! ¡Qué declaración de fe tan poderosa! Este hombre no dudaba del poder de Jesús… dudaba de si querría usarlo a su favor. ¡Y hay tantos hoy en día así! Que creen que Dios puede, pero no están seguros si quiere… Pero escucha bien lo que Jesús respondió, y que retumbe en tu espíritu: «¡Quiero; sé limpio!»

¡Dios no es indiferente a tu dolor! Él quiere tocar al impuro. Él quiere abrazar al rechazado. Él quiere limpiar lo que el mundo llama incurable. Mientras otros retrocedían, Jesús extendió su mano y tocó al leproso. Porque nuestro Dios no teme la lepra, no teme tu pasado, no teme tu pecado. ¡Él es el Dios que toca donde nadie más quiere tocar!

Y dice la Palabra: «Al instante su lepra desapareció.»

¡No fue progresivo! ¡No fue en cuotas! ¡No fue a plazos! ¡Fue AL INSTANTE! Porque cuando el cielo toca la tierra, las tinieblas retroceden, las cadenas se rompen y lo imposible se convierte en testimonio.

Jesús luego le dijo: «No lo digas a nadie; ve y muéstrate al sacerdote…»

Porque cuando Dios hace un milagro en tu vida, no es para el aplauso de los hombres, es para testimonio del Reino. Es para que los que dudan vean y teman. Es para que los religiosos despierten. ¡Es para mostrar que el Mesías ha llegado!

Hoy te hablo a ti que estás herido, rechazado, impuro, quebrado…¿Te sientes como el leproso? ¿Aislado? ¿Olvidado? ¿Marcado por una lepra espiritual, emocional, o aún física?

¡Entonces corre a Jesús! ¡Póstrate ante Él! No necesitas saber mucho, sólo necesitas creer lo suficiente como para decir: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.»

Y yo te digo hoy, por el Espíritu del Dios vivo: ¡Él quiere!  ¡Sí quiere! ¡Hoy es el día de tu limpieza, hoy es el día de tu restauración, hoy es el día de tu libertad!

¡Levántate! ¡Sacúdete el polvo! ¡Corre al altar de Su gracia! Porque Jesús no ha cambiado.
Él sigue extendiendo su mano. Él sigue tocando al que nadie quiere tocar. Y sigue declarando con voz de autoridad y amor:

¡QUIERO! ¡SÉ LIMPIO!
Este es el Evangelio de poder.
Este es el Cristo que predicamos.
¡Y este es el fuego que arde en nuestros huesos!

OREMOS: Padre amado, en el nombre poderoso de Jesús, hoy me acerco como aquel leproso, reconociendo mi necesidad y tu poder. Declaro que tú quieres sanarme, restaurarme y levantarme. Extiende tu mano sobre mí, Señor, y toca cada área rota, cada herida, cada lepra del alma. Di una palabra, y seré limpio. Creo en tu compasión, recibo tu toque, y me levanto para testificar que tú eres el Dios que transforma. ¡Amén!

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DIOS ES FIEL HASTA EL FINAL

DEUTERONOMIOS 7:9 — “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones.”

Hoy no vengo a traerte filosofía, ni una palabra bonita para tu emoción. Hoy vengo a recordarte quién es tu Dios.

¡Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios! No es una opción más, no es uno entre muchos. ¡Él es el único Dios verdadero! El Creador del cielo y de la tierra. El que sostiene todo con su Palabra. Y Él no solo es grande, no solo es poderoso…Él es FIEL.

¡Sí, Dios es fiel! Fiel cuando otros te abandonan. Fiel cuando no entiendes el proceso. Fiel cuando estás en el hospital, en la escasez, en la batalla.

Él guarda el pacto. ¿Sabes qué significa eso? Que Él no rompe lo que ha prometido. Lo que Dios dice, Él lo cumple. Lo que Él empieza, Él lo termina.

1 TESALONISENSES 5:24 dice: «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.»

Si Él te llamó, Él te sostendrá. Si Él te salvó, Él te transformará. Si Él te prometió vida eterna, ¡nada ni nadie podrá arrebatártela!

Escucha esto: Dios no se olvida de ti. Dios no se cansa de ti. Dios no te ha soltado, ni lo hará. Él es el Pastor que no abandona a sus ovejas.

2 TIMOTEO 2:13 dice: «Si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo.»

¡Ese es el carácter de nuestro Dios! Un Dios que guarda el pacto y la misericordia. No solo contigo…Sino con tus hijos. Y con los hijos de tus hijos. Hasta mil generaciones.

Eso me rompe el corazón de gratitud, porque no solo pienso en lo que Dios hará conmigo, ¡Sino en lo que hará con mis nietos, con mis bisnietos, con toda mi descendencia!

HECHOS 16:31 dice: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa.»

Dios es fiel a su pacto. Y el pacto más glorioso que ha hecho con nosotros está sellado con la sangre de su Hijo, Jesucristo. La cruz es el testimonio eterno de que Dios no cambia, no falla, no miente.

Así que si estás pasando por el valle, si estás en prueba, si estás orando sin ver aún la respuesta…Acuérdate: Dios es fiel. Él está contigo. Él te sostiene. Él te ama. Y Él cumplirá su Palabra en ti, en tu casa, y en las generaciones que vienen detrás de ti.

QUIERES VER LA FIDELIDAD DE DIOS MANIFESTADA EN TU VIDA: Ora conmigo: “Señor, gracias por tu fidelidad. Aunque yo he fallado, tú nunca me has dejado. Hoy descanso en tu pacto, me aferro a tu Palabra, y confieso con fe que tú eres fiel, hasta mil generaciones. Perdona mis pecados, me arrepiento de ellos. Lávame con tu preciosa Sangre y haz de mí una nueva criatura. Ahora confieso que Tú eres mi Señor y Salvador. En el nombre de Jesús, ¡amén!”

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