Mensajes Puros

JESÚS CALMA LAS TEMPESTADES DE LA VIDA

Permitamos que el poder del Espíritu Santo inunde este lugar en este momento, porque hoy, en este lugar sagrado, estamos llamados a experimentar un encuentro divino con el Dios vivo, el mismo Dios que calmó las tormentas y domó los mares.

MATEO 8:23-27 Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron. 24Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. 25Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! 26Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza. 27Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen?

Aquí nos encontramos con un relato que va más allá de la simple narración de un milagro. Es un testimonio poderoso de la autoridad y el dominio absoluto de nuestro Señor Jesucristo sobre todas las circunstancias de la vida. Aquí vemos a Jesús y sus discípulos enfrentando una tormenta feroz en medio del mar. Las olas golpeaban la barca con furia, mientras Jesús dormía tranquilamente en su interior.

Imaginen la escena: el viento aullaba, las olas rugían y el temor se apoderaba del corazón de los discípulos. En su desesperación, acuden a Jesús, clamando: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». ¿Cuántas veces nos encontramos en situaciones similares en nuestras vidas? ¿Cuántas veces nos enfrentamos a tormentas que parecen demasiado grandes para soportarlas? Pero en medio de esas tormentas, Jesús nos pregunta lo mismo que preguntó a sus discípulos: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?».

Escuchemos estas palabras con atención: ¡no teman! Porque el mismo Jesús que calmó las olas y los vientos con una simple orden es el mismo que está con nosotros en medio de nuestras tormentas. Él es el mismo Dios que nos sostiene en las aguas turbulentas de la vida. Él nos ha dado su promesa de que nunca nos dejará ni nos abandonará, ¡y esa promesa es nuestra fortaleza en medio de la adversidad!

Es fácil perder la fe cuando las tormentas azotan nuestras vidas, pero hoy les digo que no permitamos que el miedo nos robe la bendición de confiar en el poder soberano de Dios. Él está en control, incluso cuando todo parece estar fuera de control. Él puede traer paz a cualquier situación caótica, puede transformar nuestras pruebas en testimonios y nuestras lágrimas en alegría.

Es hora de despertar nuestra fe dormida y elevarnos con valentía y audacia en el nombre de Jesús. No permitamos que las tormentas de la vida nos paralicen, sino que enfrentémoslas con la certeza de que somos más que vencedores a través de aquel que nos amó.

El mundo puede preguntar con asombro: «¿Qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen?». Pero nosotros, como hijos e hijas del Dios altísimo, conocemos la respuesta: ¡Él es nuestro Salvador, nuestro Redentor, nuestro Rey de reyes y Señor de señores!

Por lo tanto, levantémonos, pueblo de Dios, y afirmemos nuestra fe en medio de la tormenta. Clamemos a Jesús, el único que puede calmar las tempestades de nuestras vidas. ¡Creamos que, con Dios, todas las cosas son posibles!

Que el fuego del Espíritu Santo arda en sus corazones y nos capacite para enfrentar cualquier tormenta con una fe inquebrantable y una confianza absoluta en el poder de nuestro Dios. En el nombre de Jesús, amen.

Ahora, veamos aplicaciones practicas que debo implementar para no estar temeroso y ser capaz de enfrentar cualquier situación respecto a este mensaje:

  1. Fortalece tu relación con Dios: Dedica tiempo diario a la oración, la lectura de la Biblia y la comunión con Dios. Cuanto más íntima sea tu relación con Él, más confianza tendrás en su poder y su fidelidad para guiarte y protegerte en todas las situaciones.
  2. Recuerda sus promesas: Llena tu mente y tu corazón con las promesas de Dios contenidas en la Biblia. Memoriza versículos que hablen sobre su protección, su amor incondicional y su soberanía sobre todas las cosas. Estas promesas te servirán como ancla en medio de las tormentas de la vida.
  3. Cultiva una fe activa: La fe es como un músculo que necesita ser ejercitado y fortalecido. Pon tu fe en acción confiando en Dios en todas las áreas de tu vida, incluso cuando las circunstancias parezcan desafiantes. Busca oportunidades para confiar en Dios y verás cómo Él obra poderosamente en tu vida.
  4. Practica la gratitud: Agradece a Dios por todas las bendiciones que has recibido, incluso en medio de las pruebas y dificultades. La gratitud te ayudará a mantener una perspectiva positiva y a recordar el poder de Dios para transformar cualquier situación adversa en algo bueno.
  5. Enfrenta el miedo con la verdad: Cuando el miedo amenace con paralizarte, contrarresta esos pensamientos con la verdad de la Palabra de Dios. Recuerda que Dios no te ha dado un espíritu de temor, sino de poder, amor y dominio propio (2 Timoteo 1:7).
  6. Confía en la providencia divina: Reconoce que Dios está en control de todas las cosas y que tiene un plan perfecto para tu vida. Aunque no siempre entendamos sus caminos, podemos confiar en que Él trabaja todas las cosas para nuestro bien (Romanos 8:28).
  7. Busca apoyo en la comunidad de fe: No enfrentes tus luchas solo. Busca el apoyo y la compañía de otros creyentes que puedan fortalecerte y animarte en tu caminar de fe. Compartir tus cargas con otros puede aliviar la carga y recordarte que no estás solo en tus batallas.

Implementar estas prácticas te ayudará a cultivar una fe inquebrantable y a enfrentar cualquier situación con valentía y confianza en el poder de Dios que obra en ti.

Que Dios continue bendiciendo tu vida.

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SUPERANDO EL AFAN, EL TEMOR Y LA ANSIEDAD

Este mensaje está basado en un pasaje poderoso y liberador que nos recuerda la providencia y el cuidado amoroso de nuestro Padre celestial. En medio de un mundo lleno de ansiedad, preocupaciones y afanes, el Señor nos llama a un lugar de descanso en Él. Nos dice: «No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir». ¿No es esta una palabra liberadora en medio del caos que nos rodea?

MATEO 6:25-34 «25Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 26Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? 27¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? 28Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; 29pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. 30Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? 31No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? 32Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. 33Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. 34Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.

Mirad las aves del cielo, no siembran ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, nuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Acaso no nos está diciendo el Señor que somos sus amados hijos, y que Él proveerá para nuestras necesidades? ¡Oh, cuánto nos ama nuestro Dios!

Considerad los lirios del campo, cómo crecen sin preocuparse ni trabajar. Ni siquiera el rey Salomón, en toda su gloria, fue vestido como uno de ellos. ¿Y si Dios cuida así de la belleza pasajera de los lirios, cuánto más no cuidará de nosotros, sus hijos amados? ¿No nos está diciendo el Señor que confiemos en Él y en su provisión, en lugar de vivir atados por la preocupación y el miedo?

Entonces, ¿qué nos dice el Señor en medio de todo esto? Nos dice: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». ¿No es este un llamado a la prioridad correcta en nuestras vidas? En lugar de preocuparnos por las necesidades materiales, debemos buscar el reino de Dios y su justicia. Debemos buscar su voluntad y su presencia por encima de todo lo demás, confiando en que Él proveerá para todas nuestras necesidades.

Hoy es tiempo de dejar atrás la ansiedad, el miedo y el afán. Es tiempo de confiar plenamente en el Señor y en su promesa de cuidarnos y proveernos. Es tiempo de buscar su reino y su justicia con todo nuestro corazón, mente y fuerzas.

Que el fuego del Espíritu Santo nos consuma hoy, capacitándonos para vivir una vida de fe audaz y confianza en nuestro Dios. Que seamos valientes y osados en nuestra fe, proclamando su verdad y su amor en un mundo necesitado. Que seamos luz en medio de la oscuridad, mostrando al mundo que nuestro Dios es fiel y digno de confianza.

No os afanéis, amados, por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal. Confía en el Señor, descansa en su amor, y verás como Él obra maravillas en tu vida.

He aquí, aplicaciones practicas que debo implementar para no estar afanado, ni temeroso:

  1. Cultiva una relación íntima con Dios: Dedica tiempo diario a la oración, la lectura de la Palabra y la comunión con Dios. Conocer más a Dios te ayudará a confiar en Su carácter y en Su provisión.
  2. Practica la gratitud: Agradece a Dios por todas las bendiciones que Él te ha dado en tu vida. Mantén un diario de gratitud donde escribas todas las cosas por las que estás agradecido. Esto te ayudará a enfocarte en las bendiciones en lugar de en las preocupaciones.
  3. Prioriza el Reino de Dios: Busca primero el Reino de Dios en todo lo que hagas. Asegúrate de que tus decisiones, metas y acciones estén alineadas con los valores del Reino y la voluntad de Dios para tu vida.
  4. Confía en la provisión de Dios: Recuerda que Dios es tu proveedor fiel y confía en que Él suplirá todas tus necesidades según Su gloria en Cristo Jesús (Filipenses 4:19). Esto te ayudará a no preocuparte por las cosas materiales.
  5. Practica el desapego: No pongas tu seguridad en las posesiones materiales. Aprende a desapegarte de las cosas del mundo y a confiar en la seguridad que proviene de tu relación con Dios.
  6. Vive en el presente: En lugar de preocuparte por el futuro, concéntrate en vivir el día a día. Confía en que Dios tiene el control y que Él te dará la gracia y la sabiduría para enfrentar cada desafío a medida que surja.
  7. Busca apoyo comunitario: No tengas miedo de compartir tus preocupaciones con otros creyentes de confianza. La comunidad cristiana puede ser un gran apoyo en tiempos de dificultad y puede ayudarte a recordar la verdad del evangelio.

Cuando implementamos estas prácticas, esto nos ayudará a vivir en la libertad y la paz que provienen de confiar en Dios en lugar de preocuparnos por las cosas de este mundo. Recuerda siempre que eres amado y cuidado por tu Padre celestial, quien proveerá para todas tus necesidades.

¡Que Dios te bendiga abundantemente mientras caminas en fe y confianza en Él!

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LA GRACIA SANADORA DE DIOS

Hoy nos adentraremos en una historia de milagro y redención que trasciende el tiempo y el espacio! Vamos a Jerusalén, a la Ciudad Santa, llena de fervor religioso y expectación. En medio de esta bulliciosa ciudad, se encuentra un lugar de esperanza y desesperación: el estanque de Betesda, con sus cinco pórticos, donde los enfermos, los cojos, los ciegos y los paralíticos se congregan en busca de un milagro divino.

San Juan 5:1-15 «1Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. 2Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. 3En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. 4Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese. 5Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. 6Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? 7Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. 8Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. 9Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día. 10Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho. 11Él les respondió: El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda. 12Entonces le preguntaron: ¿Quién es el que te dijo: Toma tu lecho y anda? 13Y el que había sido sanado no sabía quién fuese, porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar. 14Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor. 15El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado.»

¡Y qué milagro Porque en este estanque, un ángel del Señor descendería en ciertos tiempos y agitaría las aguas. Y aquel que primero descendiera al estanque después del movimiento del agua sería sanado de cualquier enfermedad que le aquejara. Qué escena tan poderosa de demostración del poder sobrenatural de nuestro Dios viviente!

Pero entre la multitud de afligidos, hay un hombre que se destaca. Un hombre que ha padecido su enfermedad por 38 largos años. ¡Treinta y ocho años de sufrimiento, de dolor, de esperanza perdida! Tiempos de desesperación, y anhelo por un toque divino que lo libere de su miseria.

Y entonces, en medio de este mar de enfermedad y desesperación, entra Jesucristo, nuestro Redentor y Salvador. Puedes apreciar Su presencia, Su aura llena de poder y autoridad! Él ve al hombre postrado y, le hace una sola pregunta, que hará cambiar su destino para siempre: «¿Quieres ser sano?»

¡Qué pregunta mas poderosa, llena de amor y compasión! Una pregunta que resuena en lo más profundo del alma del hombre, una pregunta que atraviesa las barreras del tiempo y llega directamente a nuestros corazones hoy. Porque, ¿cuántos de nosotros estamos postrados en nuestras propias dificultades y desafios, esperando un toque divino que nos libere?

La respuesta del hombre, aunque llena de desesperación, también está llena de fe: «No tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua». Pero en lugar de reprenderlo por su falta de fe, nuestro amado Jesús responde con poder y autoridad: «Levántate, toma tu lecho, y anda».

¡Y en un instante, el milagro ocurre! La enfermedad que había atormentado al hombre por casi cuatro décadas desaparece. Su cuerpo se llena de fuerza y vigor, y él se levanta, toma su lecho y camina. Una vez más, el poder divino manifestándose delante de los ojos que están allí presentes!

Pero la historia no termina ahí, no. Porque cuando el hombre es confrontado por los líderes religiosos, él no duda en proclamar la verdad: «El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda». Y cuando Jesús se encuentra con él más tarde, le da un mandato poderoso: «Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor».

¡Hermanos y hermanas, esta maravilloso relato es un llamado urgente a cada uno de nosotros hoy. Porque así como Jesús sanó al hombre en Betesda, Él está listo y dispuesto a sanar nuestras heridas, a liberarnos de nuestras cadenas, a darnos una nueva vida llena de propósito y significado.

Pero debemos responder a Su llamado con fe y valentía. Debemos levantarnos de donde nos encontremos, tomar nuestra cruz y seguirlo con todo nuestro ser. Debemos dejar atrás nuestros viejos caminos de pecado y abrazar la nueva vida que Él nos ofrece.

Que esta historia de sanidad y redención nos inspire a vivir nuestras vidas con propósito y significado, sabiendo que servimos a un Dios que está siempre con nosotros, guiándonos y fortaleciéndonos en cada paso del camino.

¡Que así sea, en el poderoso nombre de Jesús! Amén. ¡Gloria a Dios!

Permítanme compartir con ustedes algunas lecciones prácticas que podemos extraer de la historia de la sanidad en Betesda:

  1. Perseverancia en la fe: Esta historia nos enseña la importancia de mantenernos firmes en nuestra fe, incluso cuando enfrentamos tiempos difíciles y prolongados. El hombre enfermo en Betesda había estado sufriendo por 38 años, pero nunca perdió la esperanza de ser sanado. Debemos perseverar en nuestras oraciones y creer en el poder sanador de Dios, confiando en que Él actuará en Su tiempo perfecto.
  2. Creer en el poder de la Palabra de Dios: Cuando Jesús le dijo al hombre enfermo «Levántate, toma tu lecho, y anda», esas palabras fueron suficientes para provocar un milagro de sanidad. Esta historia nos recuerda el poder transformador de la Palabra de Dios. Debemos creer firmemente en las promesas de Dios contenidas en las Escrituras y declararlas sobre nuestras vidas con fe y confianza.
  3. No permitir que las normas religiosas limiten nuestra fe: Los líderes religiosos del tiempo de Jesús criticaron al hombre sanado por llevar su lecho en el día de reposo. Sin embargo, el hombre no se dejó intimidar por las normas humanas, sino que se mantuvo firme en su testimonio de la obra de Dios en su vida.
  4. Arrepentimiento y obediencia: Cuando Jesús encontró al hombre sanado más tarde, le advirtió que no pecara mas para que no le viniera algo peor. Esta enseñanza nos recuerda la importancia del arrepentimiento y la obediencia en nuestra vida cristiana. Aunque la gracia de Dios nos perdona y nos restaura, también debemos esforzarnos por vivir una vida santa y apartada del pecado, siguiendo los mandamientos de Dios y buscando Su voluntad en todo momento.

Busquemos siempre Su rostro, confiando en Su poder sanador y en Su amor incondicional para transformar nuestras vidas y guiarnos en el camino de la verdad y la vida eterna. ¡Que Dios les bendiga abundantemente!

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CRISTO HA RESUCITADO!, ÉL ESTA VIVO!

Una historia donde resuena la esperanza, es la historia de María Magdalena en el jardín, el encuentro divino que transformó su dolor en gozo, su llanto en risa, su desesperación en certeza. Así que veamos lo que nos dice la Palabra de Dios:

JUAN 20: 11-18 «Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; 12y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. 13Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. 14Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. 15Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. 16Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). 17Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. 18Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.»

Imaginemonos esa escena, un sepulcro vacío, el amanecer rompiendo el silencio de la mañana, y María, ahogada en lágrimas, buscando al Señor que ama con todo su ser. Y allí, en medio de su angustia, el milagro ocurre.

¡María ve a dos ángeles, vestidos en blanco resplandeciente, sentados donde el cuerpo de Jesús yacía! ¿Pueden percibir la presencia divina, el poder celestial en medio de la desolación? Los ángeles preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?» ¡Y esta pregunta, oh, esta pregunta resuena a través de las edades hasta nuestros corazones hoy!

Porque ¿cuántos de nosotros, en medio de nuestras luchas, nuestros dolores, nuestros desafíos, hemos llorado como María? ¿Cuántos de nosotros hemos buscado desesperadamente a nuestro Salvador, solo para sentirnos perdidos y desamparados?

Pero escuchen, escuchen con atención, porque la historia no termina aquí. ¡María ve a Jesús, pero no lo reconoce! Piensa que es el jardinero. ¡Oh, cuántas veces no reconocemos al Señor cuando Él está en medio de nosotros! Cuántas veces, en nuestra ceguera espiritual, lo confundimos con algo más, algo terrenal.

Pero entonces, de repente, Jesús llama su nombre. ¡Jesús llama a María! ¡Y en ese instante, el velo se rasga, la oscuridad se disipa, y la luz de la verdad resplandece sobre ella! «¡Raboni!», exclama María. ¡Maestro! ¡Qué momento glorioso!

Y Jesús le da una misión. Le dice que vaya y comparta las buenas nuevas con sus hermanos. Que Él ha resucitado, que ha vencido la muerte, que está vivo. Y María, María no duda ni por un instante. Va corriendo a dar testimonio, a proclamar la verdad que ha experimentado en lo más profundo de su ser.

Yo no sé ustedes, pero yo puedo sentir el fuego en el corazón de María, ardiendo con la verdad de la resurrección? Porque esa misma pasión, ese mismo fuego, arde en nuestros corazones hoy.

El mensaje es claro: ¡Cristo ha resucitado! ¡Él está vivo! Y como María, como testigos de su gloria, debemos llevar esa verdad al mundo. Debemos proclamar con valentía, con audacia, con pasión desbordante, que la muerte ha sido vencida, que el pecado ha sido derrotado, y que la vida eterna está a nuestro alcance.

No importa cuán oscuro sea el valle, no importa cuán desgarrador sea el dolor, no importa cuán imposible parezca la situación. ¡Cristo está con nosotros! Él nos llama por nuestro nombre, nos llama a ser sus testigos, nos llama a llevar su luz a un mundo que yace en tinieblas.

Por lo tanto, hijos e hijas del Dios Altísimo. Levantémonos con fe inquebrantable, con coraje indomable, y con pasión ardiente. Porque el mismo poder que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en nosotros. Y con ese poder, con esa certeza, ¡podemos enfrentar cualquier desafío, podemos superar cualquier obstáculo, podemos cambiar el mundo!

¡Que el fuego del Espíritu Santo arda en nuestros corazones! ¡Que la fe en Jesús nos guíe, la esperanza nos sostenga y el amor nos impulse a compartir la buena noticia de la resurrección con todo aquel que cruce nuestro camino! En el nombre de Jesús.

Aquí tenemos algunas aplicaciones prácticas, atrevidas, osadas, valientes y llenas del fuego de DIOS.

  1. Buscar a Jesús en medio de la aflicción: Cuando te enfrentes a momentos de dolor, desesperación o confusión, no te detengas en la tristeza, sino levanta tus ojos hacia Jesús. Busca su presencia en oración y adoración, sabiendo que Él está en nosotros
  2. Está atento a las señales de la presencia de Dios: Al igual que María, mantente alerta a las señales de la presencia de Dios en tu vida diaria. Puede que no sean ángeles visibles, pero Dios puede manifestarse a través de circunstancias, personas, o la voz suave del Espíritu Santo. Mantén tus oídos y ojos abiertos para reconocer su presencia.
  3. Responder con prontitud al llamado de Jesús: Cuando Jesús te llame por tu nombre, no vaciles ni te demores en responder. Como María, responde con prontitud y entrega total. Di: «¡Aquí estoy, Señor! ¿Qué deseas de mí?» Mantén tu corazón dispuesto y obediente a la voz de Dios.
  4. Compartir las buenas nuevas con valentía: Después de tu encuentro con Jesús, sé valiente para compartir las buenas nuevas con otros. No te avergüences del Evangelio, sino compártelo con pasión y convicción. Sé un testigo audaz de la resurrección de Cristo en tu vida y en el mundo que te rodea.
  5. Reconocer la autoridad y el llamado de Jesús: Cuando Jesús te envíe, reconoce su autoridad y obedécelo con valentía. Al igual que María, ve y comparte el mensaje que te ha dado. Reconoce que Él te ha comisionado para llevar su luz y su amor a aquellos que te rodean.
  6. Permanecer en comunión con Jesús y su cuerpo: Después de tu encuentro con Jesús, no te apartes de su presencia, sino permanece en comunión con Él a través de la oración, la lectura de la Palabra y la comunión con otros creyentes. Mantén vivo el fuego del Espíritu Santo en tu vida diaria.

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